Umbral de tolerancia.

por sozan
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El concepto de “confortable” tiene generalmente connotaciones positivas. Si un sillón es confortable, me lleva a pensar que me puedo sentar en el mismo con comodidad, relajarme, y que la experiencia será probablemente positiva. Asimismo, la expresión “Tiene una vida confortable” se utiliza muchas veces para indicar que una persona no tiene problemas económicos o inclusive que goza de abundancia material.

La definición de la palabra según la RAE es breve y clara:

Confortable: adj. Que produce comodidad.

Estar cómodo es algo por lo que nos esforzamos a diario en muchos aspectos de la vida. No sólo en el sillón.

La “zona de confort” en términos de la psicología es una zona mental donde uno no tiene sentido de riesgo. La zona de confort designa un estado en que permanecemos pasivos ante los sucesos que experimentamos en nuestra vida, que nos permite vivir en una burbuja de comodidad y sin sobresaltos… pero también sin incentivos. En este espacio corremos el riesgo de que nos engulla la rutina y no podamos ver más allá de aquello que ya creemos controlar.

La zona de confort es un espacio de reflexión, reposo y sanación. Sin embargo, aunque es un hermoso lugar, nada crece allí. Dicho esto, sinceramente no pienso que debamos vivir permanentemente fuera de nuestra zona de confort. Es fundamental volver a ese espacio de quietud, pero a la vez comprender que el aprendizaje, la capacidad de transformarnos como individuos y sociedad, radica fuera de esta zona.

También es importante hablar sobre el “umbral de tolerancia”, un concepto que utiliza David Treleaven en su libro “Trauma-Sensitive Mindfulness“. Este espacio es aquél donde una vez excedido, el estar fuera de la zona de confort se convierte en una situación que se vuelve intolerable, tóxica y/o dañina. Allí tampoco crece nada (y de hecho algunas cosas pueden morir). El verdadero potencial de profunda transformación se da en ese espacio donde ya no estamos en la zona de confort, y aún permanecemos dentro de nuestro umbral de tolerancia.

En la meditación ocurre algo que se convierte en una maravillosa oportunidad de explorar este concepto. Meditadores tanto principiantes como avezados con frecuencia se encuentran en momentos donde surgen incomodidades o dolores físicos durante la meditación. Puede ser un malestar en la espalda, el cuello, las rodillas o piernas. Quizá sea una sensación de pesadez en la cabeza o también un cosquilleo en el vientre. Cada uno experimenta sensaciones que toman cierto grado de protagonismo, llaman nuestra atención, y nos sacan de la zona de confort.

Allí es donde radica esta gran oportunidad de crecer.

Es muy importante durante la meditación estar muy conectados con nuestro umbral de tolerancia. Quiero hacer un fuerte énfasis en ello. No se trata de ser el “buda mártir” que soporta todos los dolores e incomodidades al punto que se convierten en daño real que puede ser pasajero o permanente. Eso es simplemente ser necio. A medida que esos dolores o incomodidad nos sacan de la zona de confort, hay que hacer una honesta evaluación de lo que ocurre. ¿Es tolerable y quizá tan solo una jugada de la mente, o estamos fuera del umbral de tolerancia y potencialmente esto nos puede producir daño? Uno de los daños que nos puede producir, entre otros de índole física, es frustrarnos al punto de no volver a meditar.

Este ejercicio es complejo, requiriendo suma atención y profunda conexión con lo que ocurre en nuestro cuerpo y emociones. Desarrollar la sabiduría que nos permite comprender dónde se encuentran nuestros límites de tolerancia reales, mas allá de los miedos, inseguridades y prejuicios, lleva dedicación y esfuerzo. Permitirse avanzar con cuidado e incrementar el umbral de tolerancia, sin prisa y sin pausa, es fundamental en nuestra práctica. Aceptar aquello que ocurre, con compasión. El resultado puede ser transformador.

Respirar con profundidad y soltar cuerpo y mente durante la meditación nos permite salir de la zona de confort y a la vez mantenernos en el umbral de tolerancia. Allí radica el espacio de transformación. Debemos intentar entonces explorar los reales límites del umbral de este espacio y con sumo cuidado sostener lo que sea esté ocurriendo en ese momento.

Cuando logramos que esto se refleje en nuestra meditación, ejercitamos ese “músculo” que nos permite estar atentos a cómo nos encontramos aquí y ahora, capaces de salir de la zona de confort sin excederse fuera del del umbral de tolerancia. Desarrollamos así esa capacidad de perseverar y a la vez cuidarnos a nosotros mismos y al resto. Este aprendizaje que ocurre durante la meditación luego se traslada al resto de nuestra vida, enriqueciendo la capacidad que tenemos de ingresar a los espacios difíciles y hallar en ellos una oportunidad de verdadera transformación.

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