Presente

por sozan
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«La gran ciencia para vivir felizmente es vivir en el presente.»


– Pitágoras –


Pitágoras hace de la felicidad una ciencia. La ecuación pitagórica es simple: Vivir en el presente, ni (+), ni (-).

¿Cuántas veces has oído, leído, intuido que «vivir en el presente» es la llave que abre el cofre del bienestar? Seguramente más de una vez. Una de las que más me gusta es la que dice «El ahora es un regalo, por ello le decimos ‘el presente'».

Sin embargo, más fácil de leer u oír que llevarlo a cabo. Vivir en el presente requiere atención, y la atención requiere de muchas otras cosas para hacerse presente. El cansancio, el estrés, el aburrimiento, las preocupaciones, las distracciones, la intoxicación del cuerpo y la mente son (entre otros) estados de nuestro ser que conspiran para que la mente se encuentre perdida en el laberinto cuántico del pasado -que es recuerdo- y el futuro -que es imaginación-.

Tampoco es cierto que nunca estamos atentos. Con seguridad has podido observar que la atención suele manifestarse con claridad en tu vida allí donde el vínculo emocional es fuerte o extremo. En momentos de riesgo, de competitividad, de conexión, allí podemos ver que nos encontramos en general bien plantados en el presente, y la atención surge de manera natural y necesaria. Pero.. ¿Qué ocurre el resto de tu vida en donde las cosas no son tan extremas?

Es en la vida cotidiana, en lo rutinario, donde la atención se hace esquiva. A menos que vivamos una desgastante vida de puras emociones fuertes (algo que quizá sería bueno revisar, pero ese es tema para otro envío de Conexión Zen) la vida se compone mayormente de una fluida cotidaneidad, una conocida rutina. La verdadera felicidad, sin embargo, ha de estar presente en ese gran porcentaje del día a día. La fórmula, como dice Pitágoras, es la atención plena en aquello que está frente a nuestras narices. Es muy difícil disfrutar y nutrirse de lo bueno así como detectar y cambiar lo que ha de ser modificado en nuestras vidas si no estamos allí para verlo.

La atención permanente y cotidiana, como una majestuosa flor que hace bello y perfumado al momento presente, es algo que se cultiva. La tierra donde en cada momento sembramos la semilla de la atención ha de ser fértil y en lo posible libre de rocas y maleza. Hemos de regar la atención con atención todos los días, y brindarle la luz que se refleja en todo lo que nos rodea por dentro y por fuera. Con constancia, dedicación, compromiso y paciencia puedes ofrecerle al jardín del momento presente la bella flor de tu atención. Verás cómo las mariposas de la felicidad y las abejas de la plenitud se posan en sus pétalos y se deleitan en su néctar.

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